su anterior volumen y extensión; o que tienen una tendencia a congregarse en masas con cuerpos similares —los densos, por ejemplo, hacia la circunferencia de la tierra, los tenues y raros hacia la de los cielos—.
Estos y otros semejantes son verdaderos géneros físicos de movimientos, pero los otros son claramente lógicos y escolásticos, como se ve claramente a partir de una comparación de ambos.
Otro mal considerable es que los hombres, en sus sistemas y contemplaciones, consagran su esfuerzo a la investigación y discusión de los principios de las cosas y de los últimos límites de la naturaleza, aunque toda utilidad y medio de acción consisten en los objetos intermedios.
De ahí que los hombres no cesen de abstraer la naturaleza hasta llegar a la materia potencial y sin forma,31 y sigan persistiendo en su disección hasta llegar a los átomos; y, sin embargo, aun siendo todo esto verdad, sería de poca utilidad para mejorar la condición del hombre.
LXVII. También debe prevenirse el entendimiento contra la intemperancia de los sistemas, en lo que concierne a dar o negar su asentimiento; pues semejante intemperancia parece fijar y perpetuar los ídolos, de modo que no deje medio alguno para removerlos.
Estos excesos son de dos clases. El primero se observa en aquellos que deciden apresuradamente, y hacen que las ciencias sean positivas y dictatoriales. El otro, en aquellos que han introducido el escepticismo y la vaga e ilimitada indagación. El primero subyuga, el segundo enerva el entendimiento.
La filosofía aristotélica, tras destruir otros sistemas (como hacen los otomanos32 con sus hermanos) mediante sus refutaciones disputativas, decidió sobre todo, y el propio Aristóteles plantea entonces cuestiones a