especie de teorías; segundo, algo más para mostrar que existen signos externos de su debilidad; y, por último, debemos considerar las causas de una desgracia tan grande, y de una unanimidad en el error tan prolongada y general, para que de este modo hagamos menos difícil el acceso a la verdad y el entendimiento humano pueda purificarse más fácilmente y llegar a desechar sus ídolos.
LXII. Los ídolos del teatro, o de las teorías, son numerosos y pueden serlo aún más, tal vez. Pues a no ser que las mentes de los hombres hubieran estado ocupadas durante muchas edades en consideraciones religiosas y teológicas, y los gobiernos civiles (especialmente las monarquías) hubieran sido adversos a las novedades de esa índole, incluso en la teoría (de modo que los hombres debían aplicarse a ellas con cierto riesgo y perjuicio para sus propias fortunas, y no solo sin recompensa, sino expuestos a la ignominia y a la envidia), no cabe duda de que se habrían introducido muchas otras sectas de filósofos y teóricos, semejantes a las que florecieron antaño en tan variada abundancia entre los griegos.
Así como pueden deducirse de los fenómenos del cielo tantas teorías imaginarias de los cielos, resulta aún más fácil fundar muchos dogmas sobre los fenómenos de la filosofía; y la trama de este nuestro teatro se asemeja a las de la poesía, donde las intrigas inventadas para el escenario son más coherentes, elegantes y placenteras que las tomadas de la historia real.
Por lo general, los hombres toman como base de su filosofía o demasiado de unos pocos temas, o muy poco de muchos; en cualquiera de los casos, su filosofía se funda en una base de experimentos e historia natural demasiado estrecha, y juzga sobre fundamentos demasiado escasos. Pues el filósofo teórico toma diversas circunstancias comunes mediante la experimentación, sin reducirlas a certeza ni examinarlas y considerarlas con frecuencia, y confía para el resto en la meditación y en la agudeza de su ingenio.