Ahora bien, esto no puede hacerse sin disecar y anatomizar el mundo con la mayor diligencia; pero declaramos necesario destruir por completo las vanas, pequeñas y, por decirlo así, simiescas imitaciones del mundo, que han sido formadas en diversos sistemas de filosofía por las fantasías de los hombres. Aprendan los hombres (como hemos dicho más arriba) la diferencia que existe entre los ídolos de la mente humana y las ideas de la mente divina. Aquellos son meras abstracciones arbitrarias; estas, las verdaderas marcas del Creador en sus criaturas, tal como están impresas y definidas en la materia, mediante verdaderos y exquisitos trazos.
La verdad, por tanto, y la utilidad, son aquí perfectamente idénticas, y los efectos tienen más valor como prendas de verdad que por el beneficio que confieren a los hombres.
CXXV. Otros podrán objetar que no estamos haciendo más que lo que ya se ha hecho, y que los antiguos siguieron el mismo rumbo que nosotros. Podrán imaginar, por tanto, que, tras todo este revuelo y esfuerzo, llegaremos por fin a alguno de esos sistemas que prevalecieron entre los antiguos: pues ellos también, al comenzar sus meditaciones, acumularon un gran depósito de casos y datos particulares, los digirieron bajo tópicos y títulos en sus cuadernos de notas, elaborando así sus sistemas y artes, para luego decidir sobre lo que descubrían y relatar de vez en cuando algunos ejemplos para confirmar y arrojar luz sobre su doctrina; pero consideraron superfluo y molesto publicar sus apuntes, minutas y lugares comunes, y siguieron por ello el ejemplo de los constructores que retiran el andamio y las escaleras cuando la obra está terminada.
Tampoco podemos en verdad creer que el caso haya sido de otra manera. Pero a cualquiera que no haya olvidado por completo nuestras observaciones anteriores, le será fácil responder a esta objeción o más bien escrúpulo; pues admitimos que los antiguos tenían una forma particular de investigación y descubrimiento, y sus escritos lo