2d. La noción de unanimidad, analizada con detenimiento, resulta ser falaz. Pues la verdadera unanimidad es aquella que procede de un libre juicio, al llegar a la misma conclusión tras una investigación del hecho. Ahora bien, con mucho, la gran mayoría de quienes han asentido a la filosofía de Aristóteles se han atado a ella por prejuicio y por la autoridad de otros, de modo que es más bien obsecuencia y aquiescencia que unanimidad. Pero aun si fuera una unanimidad real y extensa, lejos de considerarse una confirmación verdadera y sólida, debería incluso conducir a una fuerte presunción en contra. Pues no hay peor augurio en los asuntos intelectuales que el derivado de la unanimidad, a excepción de la teología y la política, donde se permite que decidan los sufragios. Porque nada complace a la multitud a menos que excite la imaginación o aprisione el entendimiento, como hemos observado antes, con los grilletes de las nociones vulgares. De ahí que bien podamos trasladar la observación de Foción de la moral al intelecto: «Que los hombres examinen inmediatamente qué error o falta han cometido cuando la multitud concurre con ellos y los aplaude».42
Este es pues uno de los signos más desfavorables. Todos los signos, por tanto, de la verdad y solidez de los sistemas recibidos de filosofía y de las ciencias son desfavorables, ya se tomen de su origen, de sus frutos, de su progreso, de las confesiones de sus autores, o de la unanimidad.
LXXVIII. Llegamos ahora a las causas de los errores43 y de la gran perseverancia en ellos durante siglos. Estas son lo suficientemente numerosas y poderosas como para disipar toda extrañeza de que lo que ahora ofrecemos haya estado oculto durante tanto tiempo a la humanidad y haya escapado a su atención, y para hacer más digno de asombro que incluso ahora haya podido ocurrírsele a alguien o convertirse en objeto de sus pensamientos; lo cual consideramos más bien un don de la fortuna que de un talento extraordinario, y como vástago del tiempo más que del ingenio.