ilustradas en nuestra época, y que, sin embargo, los límites del globo intelectual se vieran confinados a los estrechos descubrimientos de los antiguos.
En lo que respecta a la autoridad, es la mayor debilidad atribuir crédito infinito a autores particulares, y negar su propia prerrogativa al tiempo, el autor de todos los autores y, por lo tanto, de toda autoridad. Pues la verdad es llamada con razón hija del tiempo, no de la autoridad. No es de extrañar, por tanto, que los vínculos de la antigüedad, la autoridad y la unanimidad hayan encadenado de tal modo el poder del hombre, que este sea incapaz (como si estuviera hechizado) de familiarizarse con las cosas mismas.
LXXXV.
Tampoco es solo la admiración de la antigüedad, la autoridad y la unanimidad lo que ha obligado a la industria del hombre a conformarse con los descubrimientos actuales, sino también la admiración de los efectos ya puestos a su alcance.