De nuevo, la naturaleza misma del aire común y de todos los cuerpos de menor densidad (de los cuales hay muchos) es casi desconocida; pues los sentidos son débiles y falaces, ni los instrumentos pueden ser de gran utilidad para extender su esfera o su agudeza; todas las mejores interpretaciones de la naturaleza se elaboran mediante instancias y experimentos idóneos y aptos, en los que los sentidos solo juzgan el experimento, y el experimento, la naturaleza y la cosa misma.
LI.
El entendimiento humano es, por su propia naturaleza, propenso a la abstracción y supone como fijo aquello que es fluctuante. Pero es mejor diseccionar la naturaleza que abstraerla: tal fue el método empleado por la escuela de Demócrito,19 que avanzó más que el resto en la penetración de la naturaleza. Es preferible considerar la materia, su conformación y los cambios de dicha conformación, su propia acción20 y la ley de esta acción o movimiento; pues las formas son una mera ficción de la mente humana, a menos que se quiera llamar con ese nombre a las leyes de la acción.21
LII. Tales son los ídolos de la tribu, que provienen ya de la uniformidad de la constitución del espíritu humano, ya de sus prejuicios, de sus facultades limitadas o de su inquieta agitación, o de la interferencia de las pasiones, o de la incompetencia de los sentidos, o del modo en que estos reciben las impresiones.
LIII. Los ídolos de la caverna tienen su origen en la naturaleza peculiar de la mente y el cuerpo de cada individuo, así como en la educación, el hábito y el azar; y aunque son varios y múltiples, trataremos sin embargo de algunos que exigen la mayor precaución y ejercen el mayor poder para corromper el entendimiento.
LIV. Algunos hombres se aficionan a determinadas ciencias y contemplaciones, ya sea porque se suponen autores e inventores de ellas,