Mas sería un filósofo torpe y superficial aquel que buscase las causas en las generalidades máximas, y no se preocupase por descubrirlas en los objetos subordinados.
XLIX. El entendimiento humano no se asemeja a una luz seca, sino que admite una tintura de la voluntad17 y de las pasiones, las cuales generan en consecuencia su propio sistema; pues el hombre siempre cree con mayor facilidad aquello que prefiere.
Él, por lo tanto, rechaza las dificultades por falta de paciencia en la investigación; la sobriedad, porque limita su esperanza; las profundidades de la naturaleza, por superstición; la luz del experimento, por arrogancia y orgullo, no sea que su mente parezca ocupada en objetos comunes y variables; las paradojas, por temor a la opinión del vulgo; en suma, sus sentimientos imbuyen y corrompen su entendimiento de innumerables y a veces imperceptibles maneras.
L. Pero con mucho, el mayor impedimento y la mayor aberración del entendimiento humano provienen de la torpeza, incompetencia y de los errores de los sentidos; ya que todo lo que impresiona los sentidos prevalece sobre cualquier otra cosa, por muy superior que sea, que no los impresione de inmediato.
Por tanto, la contemplación cesa por lo general con la vista, y se presta una atención muy escasa, o tal vez ninguna, a los objetos invisibles. Toda la operación de los espíritus encerrados en cuerpos tangibles18, por consiguiente, se oculta y se nos escapa.
Todo aquel cambio de formación más delicado en las partes de sustancias más groseras (vulgarmente llamado alteración, pero que de hecho es un cambio de posición en las partículas más pequeñas) es igualmente desconocido; y sin embargo, a menos que las dos materias que hemos mencionado sean exploradas y traídas a la luz, no se podrá producir ningún gran efecto en la naturaleza.