Hágase, por tanto, un experimento con sustancias fibrosas de lino, y no de lana, plumas o seda, que son excreciones animales. Pues debe observarse que todos los polvos (en los que el aire queda manifiestamente encerrado) son menos fríos que las sustancias enteras, del mismo modo que imaginamos que la espuma (que contiene aire) es menos fría que el líquido mismo.
No tenemos aquí exactamente un caso negativo, pues no conocemos ningún cuerpo, tangible o espiritual, que no admita calor al ser expuesto al fuego. Hay, sin embargo, esta diferencia: que algunos lo admiten con mayor rapidez, como el aire, el aceite y el agua, y otros más lentamente, como la piedra y los metales.92
Esto, sin embargo, pertenece a la tabla de los grados.
Aquí no se añade nada negativo, salvo la observación de que las chispas no se encienden con pedernal y acero, ni con ninguna otra sustancia dura, a menos que se desprendan algunas pequeñas partículas de la piedra o del metal, y que el aire nunca las forma por fricción, como se supone comúnmente; además, las chispas debidas al peso de la sustancia ignea tienden a descender más que a subir, y al extinguirse se convierten en una especie de ceniza oscura.
Opinamos que tampoco hay aquí ninguna negación; pues no conocemos ningún cuerpo tangible que no se vuelva decididamente cálido por la fricción, de modo que los antiguos fingieron que los dioses no tenían otro medio o poder para crear calor que la fricción del aire, mediante una rotación rápida y violenta.
Sobre este punto, sin embargo, debe hacerse una mayor investigación, a saber, si los cuerpos proyectados por máquinas (como las balas de cañón) no derivan cierto grado de calor al encontrarse con el aire, lo que hace que se templen un tanto cuando caen.