que no se limita, como las teorías, a los individuos, sino que admite la mejor distribución y unión de trabajo y efecto, particularmente en la recopilación de experimentos. Pues los hombres solo empezarán a conocer su propio poder cuando cada uno desempeñe una parte separada, en lugar de emprender en multitudes la misma obra.
CXIV. Por último, aunque brotase de nuestro nuevo continente un soplo de esperanza mucho más débil e incierto, consideramos necesario hacer el experimento, a no ser que queramos mostrar un espíritu cobarde.
Pues el riesgo que entraña la falta de éxito no es comparable al de omitir el intento; el primero conlleva la pérdida de un poco de trabajo humano, el segundo, la de un beneficio inmenso.
Por estas y otras razones nos parece que hay motivos abundantes para la esperanza, y para inducir no solo a los optimistas a hacer la prueba, sino incluso a los cautos y prudentes a dar su asentimiento.
CXV.Tales son los fundamentos para desterrar la desesperación, hasta ahora una de las causas más poderosas de la demora y el freno a que las ciencias se han visto sometidas; al tratar de lo cual hemos examinado al mismo tiempo los signos y las causas de los errores, la pereza y la ignorancia que han prevalecido; viendo especialmente que las causas más sutiles, que no están abiertas al juicio y la observación populares, pueden remitirse a nuestras observaciones sobre los ídolos de la mente humana.
Aquí también debemos cerrar la rama demolición de nuestra Instauración, la cual comprende tres confutaciones: 1, la confutación de la razón humana natural abandonada a sí misma; 2, la confutación de la demostración; 3, la confutación de las teorías, o de los sistemas y doctrinas filosóficas recibidos. Nuestra confutación ha seguido el curso que le estuvo abierto, a saber, la exposición de los signos del error y la presentación de pruebas sobre sus causas; pues no podíamos adoptar