Mediante su ayuda contemplamos con asombro la forma exacta y el contorno de una pulga, del musgo y de los animálculos, así como su color y movimiento, hasta entonces invisibles.
Se dice, también, que una línea aparentemente recta, trazada con pluma o lápiz, se descubre por medio de dicho microscopio como muy desigual y curvada, porque ni el movimiento de la mano, cuando se auxilia con una regla, ni la impresión de la tinta o el color, son realmente regulares, aunque las irregularidades son tan diminutas que no resultan perceptibles sin la ayuda del microscopio.
Los hombres han añadido (como es habitual en los descubrimientos nuevos y maravillosos) una observación supersticiosa: que el microscopio arroja un brillo sobre las obras de la naturaleza y deshonra a las del arte, lo cual solo significa que el tejido de la naturaleza es mucho más delicado que el del arte.
Pues el microscopio sólo sirve para los objetos diminutos, y Demócrito, tal vez, de haberlo visto, se habría regocijado con la idea de que se hubiera descubierto un medio para ver su átomo, el cual afirmaba que era enteramente invisible.
Pero la insuficiencia de estos microscopios para la observación de cualquier cuerpo que no sea el más diminuto, e incluso de estos si forman parte de un cuerpo mayor, destruye su utilidad; pues si la invención pudiera extenderse a cuerpos mayores, o a las partes diminutas de cuerpos mayores, de modo que un trozo de tela pareciera una red, y las minuciosidades latentes e irregularidades de las gemas, líquidos, orina, sangre, heridas y muchas otras cosas pudieran hacerse visibles, se derivaría, sin duda, la mayor ventaja.
Tenemos una instancia de la segunda especie en el telescopio, descubierto por los maravillosos esfuerzos de Galileo; con cuya ayuda puede abrirse un trato más cercano (como por botes o embarcaciones) entre nosotros y los objetos celestiales.