El aire en movimiento más bien enfría que calienta, como en los vientos, los fuelles o el aliento cuando se contrae la boca. El movimiento, sin embargo, en tales casos no es lo suficientemente rápido como para excitar calor, y se aplica a una masa de aire, y no a sus partes componentes, por lo que no es de extrañar que no se genere calor.
Debemos hacer una indagación más diligente en este caso; pues las hierbas y los vegetales verdes y húmedos parecen poseer un calor latente, tan pequeño, sin embargo, que no es percibido por el tacto en ejemplares aislados, pero cuando están unidos y confinados, de modo que su espíritu no pueda exhalar al aire, y se calientan más bien mutuamente, su calor se manifiesta de inmediato, y ocasionalmente incluso llegan a arder en sustancias propicias.
Aquí también debemos realizar una investigación más diligente; pues la cal viva, al ser rociada con agua, parece concebir calor, ya sea por estar concentrada en un solo punto (como observamos con las hierbas al ser confinadas), o por la irritación y exasperación del espíritu ígneo por el agua, lo que ocasiona un conflicto y una lucha.
La verdadera razón se mostrará más fácilmente si se usa aceite en vez de agua, pues el aceite tenderá igualmente a recoger el espíritu confinado, pero no a irritar. El experimento puede hacerse más general, tanto usando las cenizas y los productos calcinados de diferentes cuerpos como vertiendo diferentes líquidos sobre ellos.
Puede añadirse un ejemplo negativo de otros metales que son más blandos y solubles; pues el oro en hoja disuelto por agua regia, o el plomo por agua fuerte, no se sienten calientes al tacto mientras se disuelven, tampoco el azogue (hasta donde recuerdo), pero la plata produce un ligero calor, y también el cobre, y el estaño aún más claramente, y sobre todo el hierro y el acero, que producen no solo un calor intenso, sino un efervescencia violenta.