espirales a mayor o menor distancia de los polos; 8, la mayor o menor distancia de estas espirales entre sí; 9, y por último, la variación de los polos si estos son móviles; lo cual, sin embargo, solo afecta a la revolución cuando es circular.
El movimiento en cuestión se considera, según la opinión común y tradicional, que es el de los cuerpos celestes. Existe, sin embargo, a este respecto, una considerable disputa entre algunos de los antiguos y también de los modernos, quienes han atribuido un movimiento de revolución a la tierra. Una controversia mucho más razonable quizás exista (si no es un asunto fuera de discusión), acerca de si el movimiento en cuestión (bajo la hipótesis de que la tierra está fija) se limita a los cielos, o más bien desciende y se comunica al aire y al agua. La rotación de los proyectiles, como en los dardos, las balas de mosquete y cosas por el estilo, la atribuimos enteramente al movimiento de libertad.
Sea el decimoctavo movimiento el de trepidación,160 al cual (en el sentido que le atribuyen los astrónomos) no le concedemos mucha fe; pero en nuestra seria y general búsqueda de las tendencias de los cuerpos naturales, este movimiento se presenta y parece digno de constituir una especie distinta.
Es el movimiento de una (por decirlo así) eterna prisión; cuando los cuerpos, por ejemplo, al no estar colocados del todo conforme a su naturaleza, y sin embargo no estar del todo mal, tiemblan constantemente y están inquietos, no contentos con su posición y, sin embargo, sin atreverse a avanzar.
Tal es el movimiento del corazón y del pulso de los animales, y debe necesariamente ocurrir en todos los cuerpos que se encuentran en un estado medio, entre convenincias e inconveniencias; de modo que, al ser apartados de su posición propia, se esfuerzan por escapar, son repelidos y de nuevo continúan haciendo el intento.