Hay muchos ejemplos. Es obvio que el aire, el espíritu y cosas semejantes, cuya sustancia entera es sumamente sutil y delicada, no pueden verse ni tocarse; por consiguiente, en toda investigación relativa a dichos cuerpos resulta necesaria una reducción a los sentidos.
Sea, por tanto, la naturaleza requerida la acción y el movimiento del espíritu encerrado en los cuerpos tangibles; pues todo cuerpo tangible con el que estamos familiarizados contiene un espíritu invisible e intangible, sobre el cual es atraído, y del cual parece revestirse.
Este espíritu que emana de una sustancia tangible, deja el cuerpo contraído y seco; cuando se retiene, lo ablanda y lo derrite; cuando ni se emite por completo ni se retiene, lo modela, lo dota de extremidades, lo asimila, lo manifiesta, lo organiza y cosas por el estilo.
Todos estos puntos se reducen a la esfera de los sentidos por efectos manifiestos.
Porque en todo cuerpo tangible e inanimado el espíritu encerrado al principio aumenta, y por decirlo así se alimenta de las partes tangibles que le son más abiertas y están más preparadas para él; y cuando las ha digerido y modificado, y las ha convertido en espíritu, escapa con ellas. Esta formación y aumento del espíritu se hace perceptible por la disminución de peso; pues en toda desecación se pierde algo en cantidad, no solo del espíritu que ya existía en el cuerpo, sino del cuerpo mismo, que antes era tangible y ha sido cambiado recientemente, pues el espíritu en sí no tiene peso.
La partida o emisión de espíritu se hace sensible en el óxido de los metales y otras putrefacciones de naturaleza semejante, que se detienen antes de llegar a los rudimentos de la vida, los cuales pertenecen a la tercera especie de proceso.137
En los cuerpos compactos el espíritu no halla poros ni pasajes para su fuga, y por lo tanto se ve obligado a expulsar, y a empujar ante sí,