Si se coloca una hierba en una cantidad considerable de líquido, se produce más bien una infusión que una impregnación; si es en menor cantidad, ocurre lo contrario. Un baño, por lo tanto, y una ligera aspersión, producen efectos diferentes en el cuerpo humano. El rocío ligero, por otra parte, nunca cae, sino que se disipa y se incorpora al aire; así vemos que, al exhalar aliento sobre las gemas, la escasa cantidad de humedad, como una pequeña nube en el aire, se disuelve inmediatamente. Asimismo, un trozo del mismo imán no atrae tanto hierro como lo hacía el imán entero.
Hay otros poderes en los que la pequeñez de la cantidad es de mayor utilidad; como al taladrar, una punta afilada penetra más fácilmente que una roma; el diamante, cuando tiene punta, deja su impronta en el vidrio, y cosas por el estilo.
Aquí también debemos no conformarnos con un resultado vago, sino indagar en la proporción exacta de cantidad requerida para un ejercicio particular de poder; pues uno sería propenso a suponer que el poder guarda una proporción exacta con la cantidad; que si una bala de plomo de una onza, por ejemplo, cayera en un tiempo determinado, una de dos onzas debería caer dos veces más rápidamente, lo cual es de todo punto erróneo.
Tampoco prevalece la misma proporción en toda clase de potencia, siendo considerable la diferencia de ellas. La medida, por tanto, debe determinarse mediante la experimentación, y no por la probabilidad o la conjetura.
Por último, debemos en todas nuestras investigaciones de la naturaleza observar qué cantidad, o dosis, del cuerpo es requerida para un efecto dado, y debemos al mismo tiempo precavernos de estimarla en demasiado o muy poco.