Más allá de las bajas colinas al otro lado del agua llegó el eco apagado de cañones lejanos y un grito extraño y remoto. Luego todo quedó en silencio. Un abejorro pasó zumbando por encima del seto y junto a nosotros. Alto en el oeste, la luna creciente colgaba débil y pálida sobre el humo de Weybridge y Shepperton y el esplendor cálido y quieto de la puesta de sol.
—Más nos vale seguir este camino —dije—, hacia el norte.