Los oficiales que no estaban ocupados en ese momento se pusieron de pie y miraron fijamente por encima de las copas de los árboles hacia el suroeste, y los hombres que cavaban se detenían de vez en cuando para mirar en la misma dirección.
Byfleet estaba alborotado; la gente hacía equipaje, y una veintena de húsares, algunos desmontados, otros a caballo, los arreaban de aquí para allá. Tres o cuatro vagones negros del gobierno, con cruces en círculos blancos, y un viejo ómnibus, entre otros vehículos, estaban siendo cargados en la calle del pueblo.
Había montones de gente, la mayoría lo suficientemente dominguera como para haber revestido sus mejores galas. Los soldados tenían muchísima dificultad para hacerles comprender la gravedad de su situación.
Vimos a un viejecillo reseco con un cajón enorme y una veintena o más de macetas con orquídeas, disputando airadamente con el cabo que quería dejarlas atrás. Me detuve y lo agarré del brazo.
—¿Sabes qué hay ahí?—dije, señalando las copas de los pinos que ocultaban a los marcianos.
—¿Eh? —dijo, dándose la vuelta—. Estaba explicando que esto es valioso.
“¡La muerte!”, grité. “¡La muerte se acerca! ¡La muerte!”, y dejándolo que digiriera aquello si podía, me apresuré a seguir al artillero.
En la esquina miré hacia atrás. El soldado lo había dejado, y él seguía de pie junto a su cajón, con las macetas de orquídeas sobre la tapa, mirando vagamente por encima de los árboles.
Nadie en Weybridge supo decirnos dónde se había establecido el cuartel general; todo el lugar estaba en una confusión como jamás había visto en ningún pueblo antes.