gritos y alaridos débilmente por encima del hervor y el rugido del colapso del marciano.
Por un momento no presté atención al calor, olvidé la evidente necesidad de autoconservación. Avancé chapoteando entre las aguas turbulentas, apartando a un hombre de negro para hacerlo, hasta que pude ver más allá de la curva.
Media docena de botes abandonados cabeceaban sin rumbo sobre la confusión de las olas. El Marciano caído apareció a la vista río abajo, tendido de través sobre el cauce y en su mayor parte sumergido.
Densas columnas de vapor brotaban de los restos y, a través de los jirones que giraban tumultuosamente, podía ver, intermitente y vagamente, los gigantescos miembros agitando el agua y arrojando al aire salpicaduras y rociones de lodo y espuma.
Los tentáculos se mecían y golpeaban como brazos vivos y, a excepción de la inútil falta de propósito de estos movimientos, era como si alguna criatura herida luchara por su vida en medio de las olas. Enormes cantidades de un fluido pardo rojizo brotaban en surtidores ruidosos de la máquina.