Los días de encarcelamiento
La llegada de una segunda máquina de combate nos expulsó de nuestra mirilla hacia el cuarto de la colada, pues temíamos que, desde su altura, el marciano pudiera vernos tras nuestra barricada.
Más adelante comenzamos a sentirnos menos expuestos a su mirada —ya que, para unos ojos acostumbrados al resplandor de la luz solar exterior, nuestro refugio debió de ser de una negrura impenetrable—, pero al principio el más leve indicio de acercamiento nos hacía huir al cuarto de la colada en una retirada con el corazón en la boca.
Aun así, por terrible que fuera el peligro que corríamos, la tentación de mirar por la rendija era irresistible para ambos. Y ahora recuerdo con una especie de asombro que, a pesar del peligro infinito en el que nos hallábamos, atrapados entre la inanición y una muerte aún más terrible, todavía podíamos disputarnos con fiereza ese horrible privilegio de ver. Cruzábamos la cocina corriendo de un modo grotesco, divididos entre el entusiasmo y el miedo a hacer ruido, y nos golpeábamos, nos empujábamos y nos pateábamos, a pocos centímetros de quedar expuestos.
El caso es que teníamos temperamentos y hábitos de pensamiento y acción absolutamente incompatibles, y nuestro peligro y aislamiento no hicieron más que acentuar dicha incompatibilidad. En Halliford ya había empezado a aborrecer la manía del coadjutor de exclamar impotente, su estúpida rigidez mental. Su interminable monólogo murmurado arruinaba cualquier esfuerzo que hiciera por