En total, ciento dieciséis se hallaban en posición o siendo emplazados a toda prisa, cubriendo principalmente Londres. Jamás antes en Inglaterra se había dado una concentración de material militar tan vasta ni tan rápida.
Cualquier otro cilindro que cayera, según se esperaba, podría ser destruido al instante con explosivos de gran potencia, que se estaban fabricando y distribuyendo con rapidez.
Sin duda, rezaba el informe, la situación revestía el carácter más extraños y grave, pero se exhortaba al público a evitar y desalentar el pánico. Sin duda, los marcianos eran extraños y terribles en extremo, pero, a lo sumo, no podía haber más de veinte de ellos contra nuestros millones.
Las autoridades tenían motivos para suponer, por el tamaño de los cilindros, que a lo sumo no podía haber más de cinco en cada uno de ellos —quince en total—. Y de uno al menos se había prescindido —tal vez más—. El público estaría debidamente advertido de la proximidad del peligro, y se estaban tomando minuciosas medidas para la protección de las gentes en los amenazados suburbios sudoccidentales. Y así, con reiteradas garantías sobre la seguridad de Londres y la capacidad de las autoridades para hacer frente a la dificultad, terminaba aquel cuasiproclama.
Esto estaba impreso en caracteres enormes sobre un papel tan fresco que aún estaba húmedo, y no había habido tiempo de añadir una sola palabra de comentario. Resultaba curioso, decía mi hermano, ver cómo el contenido habitual del periódico había sido implacablemente recortado y eliminado para hacerle sitio.
Por toda la calle Wellington se podía ver a la gente desplegando las hojas rosadas y leyendo, y de pronto el Strand se llenó con las voces ruidosas de un ejército de vendedores ambulantes que seguían a aquellos pioneros.