El artillero se detuvo y puso una mano morena sobre mi brazo.
“Al fin y al cabo, tal vez no sea tanto lo que tengamos que aprender antes—Imagínate esto: cuatro o cinco de sus máquinas de combate arrancando de repente—Rayos Caloríficos a diestra y siniestra, y ni un solo marciano dentro. Ni un solo marciano dentro, sino hombres—hombres que han aprendido el modo de hacerlo. Puede que incluso en mi época—esos hombres. ¡Imagínate tener una de esas preciosidades, con su Rayo Calorífico libre y a sus anchas! ¡Imagínate tener el control de una! ¿Qué importaría si te estrellaras en mil pedazos al final del recorrido, después de una carrerita así? ¡Me figuro que los marcianos van a abrir sus bonitos ojos! ¿No puedes verlos, hombre? ¿No puedes verlos corriendo, corriendo—jadeando, resoplando y pitando hacia sus otros asuntos mecánicos? Algo desajustado en cada caso. ¡Y zas, pumba, traca, zas! Justo cuando están trasteando con ello, ¡zas, llega el Rayo Calorífico y, he aquí!, el hombre ha recuperado lo que es suyo”.
Durante un tiempo, el atrevimiento imaginativo del artillero y el tono de seguridad y valor que adoptó dominaron por completo mi mente. Creí sin vacilar tanto en su pronóstico del destino humano como en la viabilidad de su asombroso plan, y el lector que me crea impresionable y tonto debe contrastar su posición, leyendo tranquilamente con todos sus pensamientos concentrados en el tema, y la mía, agazapado temerosamente entre los arbustos y escuchando, distraído por la aprehensión.
Hablamos de esta manera durante la madrugada, y más tarde salimos a gatas de los arbustos y, tras otear el cielo en busca de marcianos, nos apresuramos precipitadamente hacia la casa de Putney Hill donde él se había guarecido. Era el sótano de carbón del lugar, y cuando vi el trabajo