Aquélla noche, mientras acechábamos en el fregadero, suspendidos entre el horror y la terrible fascinación que ejercía aquel mir voyeurismo, aunque sentía una necesidad urgente de actuar, intenté en vano concebir algún plan de huida; pero después, durante el segundo día, pude examinar nuestra situación con gran claridad.
El clérigo, según descubrí, era totalmente incapaz de debatir; aquella nueva y culminante atrocidad le había arrebatado todo vestigio de razón o prudencia. Prácticamente ya había caído al nivel de una bestia. Pero, como suele decirse, me armé de valor.
Se fue afianzando en mi mente, una vez que pude afrontar los hechos, que por terrible que fuera nuestra situación, aún no había justificación para la desesperación absoluta. Nuestra principal oportunidad residía en la posibilidad de que los marcianos hicieran del foso poco más que un campamento temporal. O incluso si lo mantenían de forma permanente, tal vez no consideraran necesario vigilarlo, y se nos brindara una oportunidad de escapar.
También ponderé con mucho cuidado la posibilidad de abrir un túnel hacia afuera en dirección contraria al foso, pero las perspectivas de salir a la superficie a la vista de alguna máquina de combate centinela me parecieron al principio demasiado grandes. Y habría tenido que hacer todo el trabajo de zapa yo solo. El clérigo sin duda me habría fallado.
Fue el tercer día, si mal no recuerdo, cuando vi matar al muchacho. Fue la única ocasión en la que vi realmente alimentarse a los marcianos. Tras aquella experiencia evité el boquete en el muro la mayor parte del día. Fui a la despensa, quité la puerta y pasé unas cuantas horas cavando con mi hacha tan silenciosamente como pude; pero cuando hube hecho un hoyo de cosa de dos pies de profundidad, la tierra suelta se vino abajo de manera ruidosa y no me atreví a continuar.