Una o dos almas aventureras, según se supo después, se adentraron en la oscuridad y gatearon bastante cerca de los marcianos; pero jamás regresaron, pues de vez en cuando un rayo de luz, semejante al haz del reflector de un buque de guerra, barría el brezal, y el Rayo Calorífico estaba listo para actuar. Salvo por estos, aquella gran extensión de brezal quedó silenciosa y desolada, y los cuerpos carbonizados yacieron en ella toda la noche bajo las estrellas, y todo el día siguiente. Mucha gente oyó un ruido de martilleo proveniente del foso.
De modo que así estaba el estado de las cosas el viernes por la noche.
En el centro, clavado en la piel de nuestro viejo planeta Tierra como un dardo envenenado, estaba este cilindro. Pero el veneno apenas estaba haciendo efecto todavía.
A su alrededor había un sector de páramo silencioso, humeante en algunos puntos, y con unos pocos objetos oscuros y apenas visibles tendidos en posturas contorsionadas aquí y allá. Aquí y allá había un arbusto o un árbol ardiendo. Más allá había un margen de agitación, y más allá de ese margen la inflamación aún no se había extendido.
En el resto del mundo el flujo de la vida seguía fluyendo como lo había hecho durante años inmemoriales. La fiebre de la guerra que pronto obstruiría venas y arterias, entumecería los nervios y destruiría el cerebro, aún tenía que desarrollarse.
Toda la noche los marcianos estuvieron martilleando y trajinando, insomnes, indefatiga-bles, trabajando en las máquinas que preparaban, y una y otra vez una bocanada de humo blanco verdoso se remolineaba hacia el cielo estrellado.
Alrededor de las once, una compañía de soldados pasó por Horsell y se desplegó a lo largo del borde del páramo para formar un cordón. Más