En frente había un paisaje tranquilo y soleado, un campo de trigo a ambos lados del camino, y la posada de Maybury con su letrero oscilante. Vi el carro del médico delante de mí. Al pie de la colina volví la cabeza para mirar la ladera que iba dejando atrás. Gruesas columnas de humo negro cruzadas por hilos de fuego rojo se elevaban hacia el aire quieto, arrojando sombras oscuras sobre las copas verdes de los árboles hacia el este. El humo ya se extendía muy lejos hacia el este y el oeste —hacia los pinares de Byfleet por el este, y hacia Woking por el oeste—. El camino estaba salpicado de gente que corría hacia nosotros. Y muy débil ya, pero muy nítido a través del aire cálido y quieto, se oía el zumbido de una ametralladora que al poco rato enmudeció, y el traqueteo intermitente de unos rifles. Al parecer, los marcianos estaban prendiendo fuego a todo lo que se encontraba al alcance de su Rayo de Calor.
No soy un conductor experto, y tuve que volver a centrar mi atención inmediatamente en el caballo. Cuando volví a mirar atrás, la segunda colina había ocultado el humo negro. Fustigué al caballo y le aflojá las riendas hasta que Woking y Send quedaron entre nosotros y aquel tembloroso tumulto. Alcancé y pasé al médico entre Woking y Send.