Pero al fin no pude resistir más el impulso y, prometiendo fielmente regresar con ellos, y despidiéndome, debo confesar, con lágrimas de aquellos amigos de cuatro días, salí de nuevo a las calles que hasta hace poco habían estado tan oscuras, extrañas y vacías.
Ya estaban ocupados con la gente que regresaba; en algunos lugares incluso había tiendas abiertas, y vi una fuente pública con agua corriente.
Recuerdo cuán burlonamente brillante parecía el día mientras emprendía de nuevo mi melancólica peregrinación hacia la casita de Woking, cuán atareadas las calles y vívida la vida en movimiento a mi alrededor. Había tanta gente por todas partes, ocupada en mil actividades, que parecía increíble que una gran proporción de la población hubiera podido ser masacrada. Pero entonces me fijé en cuán amarillenta era la piel de la gente que encontraba, cuán desgreñado el pelo de los hombres, cuán grandes y brillantes sus ojos, y en que uno de cada dos hombres aún vestía sus trapos sucios. Sus rostros parecían tener todos una de dos expresiones: una exultación y energía desbordantes o una sombría resolución. A excepción de la expresión de las rostros, Londres parecía una ciudad de vagabundos. Las juntas parroquiales distribuían indiscriminadamente pan enviado por el gobierno francés. Las costillas de los pocos caballos se marcaban lúgubres. Policías especiales demacrados con brazaletes blancos se apostaban en las esquinas de cada calle. Vi poco de los estragos causados por los marcianos hasta que llegué a Wellington Street, y allí vi la hierba roja trepando por los contrafuertes del puente de Waterloo.
En la esquina del puente, también, vi uno de los contrastes comunes de aquel tiempo grotesco: una hoja de papel ondeando contra un matorral de hierba roja, sujeta por un palo que la mantenía en su sitio. Era el cartel del primer periódico que reanudaba su publicación: el Daily Mail. Compré un ejemplar por un chelín negruzco que encontré en mi bolsillo. La mayor parte estaba en blanco, pero el solitario tipógrafo que hizo el trabajo