marrones, pero más allá una red de hilo rojo trepaba por los troncos aún vivos.
Las casas vecinas habían sido todas destrozadas, pero ninguna quemada; sus paredes se mantenían en pie, a veces hasta el segundo piso, con ventanas rotas y puertas hechas añicos. La hierba roja crecía tumultuosamente en sus habitaciones sin techo.
Debajo de mí estaba el gran foso, con los cuervos forcejeando por sus desperdicios. Varios otros pájaros daban saltitos entre las ruinas. A lo lejos vi a un gato esquelético deslizarse agazapado junto a un muro, pero rastro de hombres no había ninguno.
El día parecía, en contraste con mi reciente confinamiento, deslumbrantemente luminoso, con el cielo de un azul resplandeciente. Una suave brisa mantenía la hierba roja que cubría cada rincón de terreno desocupado oscilando suavemente. ¡Y qué dulce era el aire!