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nydus/The War of the WorldsPublic
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VII. El hombre de Putney Hill

El hombre de Putney Hill

Pasé aquella noche en la posada que se alza en la cima de Putney Hill, durmiendo en una cama hecha por primera vez desde mi huida a Leatherhead. No relataré las innecesarias dificultades que tuve para forzar la entrada de aquella casa —más tarde descubrí que la puerta principal estaba sin cerrojo— ni cómo registré cada habitación en busca de comida, hasta que, al borde de la desesperación, en lo que me pareció el dormitorio de un sirviente, encontré una corteza roída por ratas y dos latas de piña. El lugar ya había sido registrado y vaciado.

En el bar encontré después algunas galletas y sándwiches que se habían pasado por alto. Estos últimos no pude comerlos, estaban demasiado podridos, pero las primeras no solo calmaron mi hambre, sino que llenaron mis bolsillos. No encendí ninguna lámpara, temiendo que algún marciano pudiera venir a rastrear esa zona de Londres en busca de comida durante la noche.

Antes de acostarme tuve un intervalo de inquietud, y deambulé de ventana en ventana, oteando en busca de alguna señal de esos monstruos. Dormí poco. Mientras yacía en la cama me descubrí pensando con ilación —cosa que no recuerdo haber hecho desde mi última discusión con el clérigo. Durante todo el tiempo transcurrido, mi estado mental había sido una sucesión precipitada de vagos estados emocionales o una especie de estúpida receptividad. Pero por la noche mi cerebro, revitalizado, supongo, por la comida que había ingerido, volvió a despejarse, y pensé.

Tres cosas pugnaban por dominar mi mente: la muerte del clérigo, el paradero de los marcianos y la posible suerte de mi mujer. Lo primero no

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