en el que había gastado una semana —era una madriguera de apenas diez yardas de largo, con la que pretendía llegar a la alcantarilla principal de Putney Hill— tuve mi primera corazonada del abismo que había entre sus sueños y sus facultades. Un hoyo semejante lo habría podido cavar yo en un día.
Pero yo creía en él lo suficiente como para trabajar con él toda aquella mañana hasta pasada mediodía en su excavación. Teníamos una carretilla de jardín y echábamos la tierra que sacábamos contra la cocina económica. Nos refrescamos con una lata de sopa de falsa tortuga y vino de la despensa vecina.
Encontré un curioso alivio a la dolorosa extrañeza del mundo en esta labor constante. Mientras trabajábamos, le di vueltas a su proyecto en mi cabeza y, al poco, empezaron a surgir objeciones y dudas; pero trabajé allí toda la mañana, tan contento de hallarme de nuevo con un propósito.
Después de trabajar una hora empecé a especular sobre la distancia que había que recorrer antes de llegar a la cloaca, las posibilidades que teníamos de no dar con ella en absoluto.
Mi problema inmediato era por qué debíamos cavar este largo túnel, cuando era posible entrar en el desagüe de inmediato bajando por una de las bocas de inspección, y avanzar hacia la casa. Me parecía también que la casa había sido elegida de manera inconveniente, y requería una longitud innecesaria de túnel.
Y justo cuando empezaba a afrontar estas cuestiones, el artillero dejó de cavar y me miró.
“Estamos trabajando bien”, dijo. Dejó la pala.
“Descansemos un poco”, dijo. “Creo que es hora de que hagamos un reconocimiento desde el tejado de la casa”.