desplazarse los recipientes de la despensa, lo cual continuó sin cesar. En una ocasión la luz se eclipsó y el vano fantasmal de la puerta de la cocina quedó en absoluta oscuridad. Durante muchas horas debimos de permanecer allí agazapados, en silencio y temblando, hasta que nuestra cansada atención flaqueó. …
Al fin me encontré despierto y con mucha hambre. Me inclino a creer que debimos de pasar la mayor parte de un día antes de ese despertar. Mi hambre era de un paso tan insistente que me movió a la acción.
Le dije al vicario que iba a buscar comida y tanteé el camino hacia la despensa. No me respondió, pero tan pronto como comencé a comer, el débil ruido que hice lo despertó y lo oí arrastrarse tras de mí.