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nydus/The War of the WorldsPublic
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IV. La muerte del cura

Algo se movía allí de un lado a otro, muy silenciosamente; de vez en cuando golpeaba contra la pared, o iniciaba sus movimientos con un débil tintineo metálico, como el movimiento de unas llaves en un llavero de argolla. Luego, un cuerpo pesado —demasiado bien sabía yo cuál— fue arrastrado por el suelo de la cocina hacia la abertura. Irresistiblemente atraído, me arrastré hasta la puerta y eché un vistazo a la cocina. En el triángulo de brillante luz solar exterior vi al Marciano, en su máquina manipuladora digna de Briareo, escrutando la cabeza del clérigo. Pensé de inmediato que inferiría mi presencia a partir de la marca del golpe que le había propinado.

Me volví a arrastrar hasta el sótano de carbón, cerré la puerta y comencé a cubrirme tanto como pude, y del modo más silencioso posible en la oscuridad, entre la leña y el carbón que allí había. De vez en cuando me detenía, rígido, para escuchar si el marciano había vuelto a meter sus tentáculos por la abertura.

Luego volvió el débil tintineo metálico. Lo seguí lentamente tanteando por la cocina. Al poco lo oí más cerca, en el fregadero, a mi parecer. Pensé que su longitud tal vez fuera insuficiente para alcanzarme. Recé con abundancia. Pasó, rozando tenuemente la puerta de la bodega. Intervino una época de suspense casi intolerable; ¡entonces lo oí trasteando en el picaporte! ¡Había encontrado la puerta! ¡Los marcianos entendían de puertas!

Forcejeó con el pestillo durante un minuto, tal vez, y entonces la puerta se abrió.

En la oscuridad alcanzaba a ver la cosa —más que nada como la trompa de un elefante— que se agitaba hacia mí y tocaba y examinaba la pared, los carbones, la madera y el techo. Era como un gusano negro que mecía su cabeza ciega de un lado a otro.

Una vez, incluso, rozó el talón de mi bota. Estuve a punto de gritar; me mordí la mano. Durante un tiempo el tentáculo guardó silencio. Hubiera

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