Nada había cambiado salvo eso y un terrible asombro. El pequeño grupo de motas negras con la bandera blanca había sido borrado de la existencia, y la quietud de la tarde, al menos así me lo pareció, apenas se había roto.
Se me vino a la cabeza que me encontraba en aquel páramo oscuro, desvalido, desprotegido y solo. De repente, como algo que cayera sobre mí desde fuera, vino—el miedo.
Con un esfuerzo me volví y comencé a correr a tropezones entre el brezo.
El miedo que sentí no era un miedo racional, sino un terror pánico no solo hacia los marcianos, sino hacia el crepúsculo y la quietud que me rodeaban.
Tal efecto extraordinario tuvo en mí, despojándome de toda fortaleza, que eché a correr llorando en silencio como podría hacerlo un niño.
Una vez que me hube vuelto, no me atreví a mirar atrás.
Recuerdo que sentía la extraordinaria convicción de que se estaba jugando conmigo, de que en el momento mismo en que me encontrara al borde de la salvación, esta muerte misteriosa —tan veloz como el paso de la luz— saltaría tras de mí desde el foso que rodeaba el cilindro y me abatía.