Lo que vimos desde la casa ruinosa
Después de comer nos arrastramos de nuevo hacia el fregadero, y allí debí de dar una cabezada otra vez, pues cuando al poco rato miré a mi alrededor estaba solo.
La vibración sorda continuaba con una fatigosísima persistencia.
Susurré llamando al vicario varias veces y al fin tanteé el camino hacia la puerta de la cocina.
Aún era de día y lo distinguí al otro lado de la estancia, tendido contra el agujero triangular que daba a los marcianos. Tenía los hombros encogidos, de modo que su cabeza quedaba oculta a mi vista.
Podía oír una serie de ruidos casi como los de un taller de locomotoras; y el lugar se estremecía con aquel sordo y rítmico golpeteo.
A través de la abertura en la pared pude ver la copa de un árbol teñida de oro y el cálido azul de un cielo vespertino y apacible.
Durante un minuto más o menos me quedé observando al clérigo, y luego avancé, agachándome y pisando con muchísimo cuidado entre la loza rota que esparcía el suelo.
Toqué la pierna del cura, y dio un salto tan violento que un montón de yeso se deslizó por fuera y cayó con gran estrépito. Le aferré el brazo, temiendo que pudiera gritar, y durante un buen rato nos encogimos sin movernos.