Tales cuasimúsculos abundaban en la máquina manipuladora cangrejoide que, en mi primera ojeada a través de la rendija, observé mientras desempacaba el cilindro.
Parecía infinitamente más viva que los marcianos reales que yacían más allá, bajo la luz del poniente, jadeando, agitando tentáculos inútiles y moviéndose con debilidad tras su vasto viaje a través del espacio.
Mientras aún contemplaba sus lentos movimientos a la luz del sol, y observaba cada detalle extraño de su forma, el vicario me recordó su presencia tirándome violentamente del brazo. Me volví hacia un rostro ceñudo y unos labios silenciosos y elocuentes. Quería la rendija, que permitía que solo uno de nosotros atisbara a través de ella; y así tuve que renunciar a observarlos por un tiempo mientras él disfrutaba de ese privilegio.
Cuando volví a mirar, la atareada máquina manipuladora ya había ensamblado varias de las piezas de aparato que había sacado del cilindro dándoles una forma de inconfundible parecido a la suya propia; y abajo a la izquierda había aparecido un pequeño y activo mecanismo excavador, que emitía chorros de vapor verde y se abría paso alrededor del pozo, excavando y levantando terraplenes de manera metódica y minuciosa.
Esto era lo que había provocado el ruido de golpes regulares y las sacudidas rítmicas que habían mantenido temblando nuestro ruinoso refugio. Silbaba y emitía notas agudas mientras trabajaba.
Hasta donde pude ver, el artefacto carecía por completo de un marciano que lo dirigiera.