Tengo el borroso recuerdo del pie de un marciano cayendo a menos de veinte yardas de mi cabeza, hundiéndose de lleno en la grava suelta, arrojándola a uno y otro lado y volviéndose a levantar; de una larga incertidumbre, y luego de los cuatro cargando con los restos de su camarada, ahora nítidos y al momento difusos a través de un velo de humo, alejándose interminablemente, según me pareció, a través de un vasto espacio de río y pradera.
Y entonces, muy lentamente, comprendí que por milagro me había salvado.