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nydus/The War of the WorldsPublic
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VIII. Londres muerto

desperdigados por él, algunos en sus máquinas de guerra volcadas, algunos en las ahora rígidas máquinas manipuladoras, y una docena de ellos yertos y silenciosos y colocados en fila, estaban los marcianos⁠— ¡muertos! ⁠—abatidos por las bacterias de la putrefacción y de la enfermedad para las cuales sus organismos no estaban preparados; abatidos tal como la hierba roja estaba siendo abatida; abatidos, después de que todos los ingenios del hombre habían fracasado, por las cosas más humildes que Dios, en su sabiduría, ha puesto sobre esta Tierra.

Pues así había sucedido, como en verdad yo y muchos hombres podríamos haber previsto si el terror y el desastre no nos hubieran cegado la mente.

Estos gérmenes de enfermedades se han cobrado su tributo en la humanidad desde el principio de los tiempos —se lo han cobrado a nuestros antepasados prehumanos desde que la vida comenzó aquí—. Pero en virtud de esta selección natural de nuestra especie hemos desarrollado resistencia; ante ningún germen sucumbimos sin lucha, y a muchos —los que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo— nuestros cuerpos vivos son por completo inmunes.

Pero no hay bacterias en Marte, y tan pronto como estos invasores llegaron, tan pronto como bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos comenzaron a obrar su destrucción. Ya cuando los observé estaban irremediablemente condenados, muriendo y pudriéndose aun mientras iban y venían. Era inevitable.

Al precio de mil millones de muertes el hombre ha comprado su derecho de primogenitura sobre la Tierra, y esta le pertenece frente a cualquier intruso; seguiría siendo suya aunque los marcianos fueran diez veces más poderosos de lo que son. Porque ni los hombres viven ni mueren en vano.

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