horrible y quemados por la cabeza y el torso, pero con las piernas y las botas prácticamente intactas; y de caballos muertos, a unos cincuenta pies, tal vez, detrás de una línea de cuatro cañones destrozados y cureñas hechas pedazos.
Sheen, al parecer, se había librado de la destrucción, pero el lugar estaba silencioso y desierto. Aquí no nos topamos con ningún muerto, aunque la noche era demasiado oscura para que pudiéramos ver las calles laterales del lugar. En Sheen mi compañero se quejó repentinamente de debilidad y sed, y decidimos probar en una de las casas.
La primera casa a la que entramos, tras un pequeño problema con la ventana, era un chalé adosado pequeño, y no encontré nada comestible en el lugar salvo un poco de queso mohoso.
Había, sin embargo, agua para beber; y cogí una hacha, que prometía ser útil en nuestro próximo allanamiento de morada.
Cruzamos entonces a un lugar donde el camino tuerce hacia Mortlake. Allí se alzaba una casa blanca