Jardines Zoológicos, y en silencio. Un poco más allá de las ruinas que rodeaban la máquina manipuladora destrozada, me topé de nuevo con la hierba roja y encontré el canal Regent convertido en una masa esponjosa de vegetación rojo oscuro.
Al cruzar el puente, el sonido de «¡Ulla, ulla, ulla, ulla!» cesó. Quedó, por decirlo así, interrumpido. El silencio llegó como un trueno.
Las casas oscuras a mi alrededor se erguían tenues, altas y difusas; los árboles hacia el parque empezaban a volverse negros. A mi alrededor, la maleza roja trepaba entre las ruinas, retorciéndose para alzarse sobre mí en la penumbra. La noche, madre del miedo y del misterio, se abatía sobre mí. Pero mientras aquella voz sonaba, la soledad, la desolación, habían sido soportables; en virtud de ella, Londres aún parecía vivo, y la sensación de vida a mi alrededor me había sostenido. Entonces, de repente, un cambio, el paso de algo —no sabía qué— y luego una quietud que podía palparse. Nada salvo este escueto silencio.
Londres, a mi alrededor, me miraba espectralmente. Las ventanas de las casas blancas eran como las cuencas oculares de unas calaveras. A mi alrededor, mi imaginación halló a mil enemigos silenciosos en movimiento. > El terror se apoderó de mí, un horror ante mi propia temeridad. Delante de mí, el camino se volvió negro como la pez, como si estuviera alquitranado, y vi una figura contorsionada tendida a lo largo del sendero. No pude obligarme a continuar. Tomé St. John’s Wood Road y hui a la desesperada de aquella quietud insoportable hacia Kilburn. Me oculté de la noche y del silencio, hasta pasada la medianoche, en un refugio de cocheros de taxis en Harrow