heliógrafos que pronto advertirían a los artilleros de la aproximación marciana. Pero los marcianos comprendían ya nuestro dominio de la artillería y el peligro de la proximidad humana, y ni un solo hombre se aventuró a menos de una milla de cualquiera de los cilindros, salvo al precio de su vida.
Parece ser que estos gigantes pasaron la primera parte de la tarde yendo y viniendo, trasladando todo desde el segundo y el tercer cilindro —el segundo en el campo de golf de Addlestone y el tercero en Pyrford— a su fosa original en Horsell Common. Sobre ella, por encima del brezo ennegrecido y los edificios arruinados que se extendían a lo ancho y a lo largo, permanecía uno como centinela, mientras el resto abandonaba sus enormes máquinas de combate y descendía a la fosa. Trabajaron duro en ella hasta bien entrada la noche, y la imponente columna de denso humo verde que surgía de allí podía verse desde las colinas de Merrow e incluso, según se dice, desde las colinas de Banstead y Epsom.
Y mientras los marcianos a mis espaldas se preparaban así para su siguiente salida, y frente a mí la Humanidad se congregaba para la batalla, me abrí paso con infinito dolor y esfuerzo a través del fuego y el humo de la ardiente Weybridge hacia Londres.
Vi una barca abandonada, muy pequeña y apartada, que iba a la deriva río abajo; y quitándome la mayor parte de la ropa empapada, fui tras ella, la alcancé y así escapé de aquella destrucción.
No había remos en la barca, pero me apañé para remar, tan bien como me lo permitían mis manos escaldadas, río abajo hacia Halliford y Walton, avanzando con mucha lentitud y mirando continuamente a mis espaldas, como bien podréis comprender.
Seguí el curso del río porque pensé que el agua me ofrecía la mejor oportunidad de escapar en caso de que aquellos gigantes regresaran.