Por el camino hacia Maybury Bridge se oían voces y pasos, pero no tuve valor para gritar o acercarme a ellos.
Abrí con mi llave, cerré, eché el cerrojo y pasé el pestillo de la puerta, avancé tambaleándome hasta el pie de la escalera y me senté. Mi imaginación estaba llena de aquellos monstruos metálicos de zancadas titánicas y del cadáver destrozado contra la valla.
Me agaché al pie de la escalera con la espalda contra la pared, temblando violentamente.