dentro de un jardín amurallado, y en la despensa de este domicilio encontramos una provisión de comida: dos hogazas de pan en una cacerola, un bistec crudo y la mitad de un jamón. Doy este inventario con tanta precisión porque, según sucedió, estábamos destinados a subsistir a base de estas provisiones durante las dos semanas siguientes. Había cerveza embotellada bajo un estante, dos bolsas de alubias blancas y unas lechugas marchitas. Esta despensa comunicaba con una especie de fregadero, y en él había leña; también había un armario, en el que encontramos casi una docena de borgoñas, sopas y salmón en lata, y dos latas de galletas.
Nos sentamos en la cocina contigua, a oscuras —pues no nos atrevíamos a encender una luz—, y comimos pan y jamón, y bebimos cerveza de la misma botella. El clérigo, que aún seguía temeroso e inquieto, quería ahora, curiosamente, continuar la marcha, y yo le instaba a que cobrase fuerzas comiendo cuando sucedió aquello que iba a mantenernos encerrados.