comunidad civilizada se me había metido en la sangre, y en el fondo de mi corazón no me arrepentía tanto de tener que regresar a Maybury esa noche. Temía incluso que esa última fusilería que había oído pudiera significar el exterminio de nuestros invasores de Marte. Del mejor modo que puedo expresar mi estado de ánimo es diciendo que quería estar presente en el desenlace.
Eran casi las once cuando emprendí el regreso. La noche estaba inesperadamente oscura; para mí, que salía del pasillo iluminado de la casa de mis primos, parecía verdaderamente negra, y era tan calurosa y sofocante como el día.
Por encima corrían raudas las nubes, aunque ni una sola brisa agitaba los arbustos a nuestro alrededor. El criado de mis primos encendió ambos faroles. Por fortuna, conocía el camino a la perfección.
Mi esposa se detuvo en la luz de la puerta y me observó hasta que subí de un salto al pescante. Luego, de repente, dio media vuelta y entró, dejando a mis primos, de pie hombro con hombro, deseándome buen viaje.
Al principio me sentía un poco deprimido por el contagio de los temores de mi mujer, pero muy pronto mis pensamientos volvieron a los marcianos. En aquel momento estaba completamente a oscuras en cuanto al desarrollo de los combates de la tarde. Ni siquiera conocía las circunstancias que habían precipitado el conflicto.
Al pasar por Ockham (pues ese fue el camino por el que regresé, y no por Send y Old Woking) vi a lo largo del horizonte occidental un fulgor rojo sangre que, a medida que me acercaba, ascendía lentamente por el cielo. Las nubes tempestuosas que traía la tormenta que se avecinaba se mezclaban allí con masas de humo negro y rojo.