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nydus/The War of the WorldsPublic
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IV. El cilindro se abre

aceitoso, algo en la torpe deliberación de los tediosos movimientos que resultaba indescriptiblemente asqueroso. Ya en este primer encuentro, en este primer vistazo, me inundaron el disgusto y el pavor.

De pronto, el monstruo desapareció. Había rodado por el borde del cilindro y caído dentro del pozo, con un sordo golpe semejante al de una gran masa de cuero. Le oí emitir un peculiar y denso grito, y acto seguido otra de estas criaturas apareció oscuramente en la profunda sombra de la abertura.

Me volví y, corriendo como un loco, me dirigí hacia el primer grupo de árboles, tal vez a cien yardas de distancia; pero corrí en diagonal y tropezando, pues no podía apartar la vista de esas cosas.

Allí, entre unos pinos jóvenes y arbustos de aliaga, me detuve, jadeante, a esperar nuevos acontecimientos.

El páramo que rodeaba las fosas de arena estaba salpicado de gente que, como yo, permanecía de pie con un terror medio fascinado, mirando fijamente a estas criaturas, o más bien a la grava amontonada en el borde de la fosa donde yacían.

Y entonces, con un renovado horror, vi un objeto negro y redondo que subía y bajaba por el borde de la fosa. Era la cabeza del dependiente que había caído dentro, pero recortada como un pequeño objeto negro contra el cálido sol de poniente.

Ahora logró subir el hombro y la rodilla, y de nuevo pareció resbalar hacia atrás hasta que solo se le vio la cabeza. De repente desapareció, y habría podido jurar que me había llegado un débil grito.

Tuve el impulso momentáneo de volver y ayudarle, que mis temores anularon.

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