Hacia el mediodía se había visto a un marciano en Barnes, y una nube de vapor negro que descendía lentamente avanzaba por el Támesis y a través de los llanos de Lambeth, cortando toda posibilidad de huida por los puentes en su lento avance. Otro banco avanzó sobre Ealing y rodeó a una pequeña isla de supervivientes en Castle Hill, vivos, pero incapaces de escapar.
Tras una infructuosa lucha por subir a un tren del Noroeste en Chalk Farm —las locomotoras de los trenes que se habían cargado allí en los talleres de mercancías abrían paso a trompicones entre gente que chillaba, y una docena de hombres robustos luchaban para evitar que la muchedumbre aplastara al maquinista contra su caldera—, mi hermano salió a la carretera de Chalk Farm, esquivó a una riada de vehículos que huían a toda prisa y tuvo la suerte de ser el primero en saquear una tienda de bicicletas. La cubierta delantera del aparato que consiguió pinchó al sacarlo a rastras por el escaparate, pero aun así montó y se marchó sin más daño que un corte en la muñeca. La empinada falda de Haverstock Hill era intransitable debido a varios caballos muertos, y mi hermano se metió por Belsize Road.
Así que salió de la furia del pánico y, bordeando la Edgware Road, llegó a Edgware sobre las siete, en ayunas y fatigado, pero con una buena ventaja sobre la multitud.
A lo largo del camino la gente estaba de pie en la calzada, curiosa, extrañada. Fue adelantado por varios ciclistas, algunos jinetes y dos automóviles.
A una milla de Edgware se rompió el aro de la rueda y la máquina quedó inservible. La dejó a la orilla del camino y atravesó el pueblo a pie.
Había tiendas medio abiertas en la calle principal del lugar, y gente aglomerada en la acera, en los portales y en las ventanas, mirando asombrada esta extraordinaria procesión de fugitivos que estaba comenzando. Logró conseguir algo de comida en una posada.