de gas del planeta distante. La vi. Un destello rojizo en el borde, la leve proyección del contorno justo cuando el cronómetro dio la medianoche; y ante aquello se lo dije a Ogilvy y él tomó mi lugar. La noche era cálida y yo tenía sed, y fui estirando las piernas torpemente y tanteando en la oscuridad hacia la pequeña mesa donde estaba el sifón, mientras Ogilvy exclamaba ante el haz de gas que venía hacia nosotros.
Aquella noche otro proyectil invisible emprendió su viaje hacia la Tierra desde Marte, apenas un segundo o dos menos de veinticuatro horas después del primero.
Recuerdo cómo me senté en la mesa, allí en la oscuridad, con manchas verdes y carmesí flotando ante mis ojos. Deseaba tener luz para fumar, sin sospechar en absoluto el significado del pequeño destello que había visto y todo lo que este pronto me traería.
Ogilvy vigiló hasta la una y luego lo dio por imposible; encendimos el farol y fuimos caminando hasta su casa. Allá abajo, en la oscuridad, estaban Ottershaw y Chertsey y sus cientos de habitantes, durmiendo en paz.