La muerte del vicario
Era el sexto día de nuestro encierro cuando espié por última vez y pronto me encontré solo.
En vez de mantenerme cerca y tratar de desplazarme de la rendija, el vicario había vuelto al fregadero. Me asaltó un pensamiento repentino.
Volví rápida y silenciosamente al fregadero. En la oscuridad oí al vicario beber. Manoteé en la oscuridad y mis dedos atraparon una botella de borgoña.
Durante unos minutos hubo un forcejeo. La botella chocó contra el suelo y se rompió; entonces desistí y me levanté. Nos quedamos jadeando y amenazándonos el uno al otro.
Al final me interpuse entre él y la comida, y le comuniqué mi determinación de instaurar una disciplina. Dividí los alimentos de la despensa en raciones que nos duraran diez días. No le dejaría comer nada más en todo el día.
Por la tarde hizo un débil intento por alcanzar la comida. Yo había estado dormitando, pero al instante me desperté. Día y noche nos sentamos cara a cara, yo agotado pero resuelto, y él llorando y quejándose de su hambre inminente.
Sé que fue una noche y un día, pero para mí pareció —me parece ahora— una extensión de tiempo interminable.
Y así nuestra creciente incompatibilidad terminó por fin en un conflicto abierto.