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nydus/The War of the WorldsPublic
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IX. The Fighting Begins

Al mismo tiempo me habló del incendio de los pinares en torno a los campos de golf de Byfleet.

“Dicen —dijo él—, que otra de esas malditas cosas ha caído ahí... la segunda. Pero con una basta, sin duda. Toda esta broma les va a costar un buen dineral a los de los seguros antes de que se arregle todo”.

Se rió con aire de la mayor complacencia al decir esto. Los bosques, dijo, seguían ardiendo, y me señaló una neblina de humo.

«Estarán calientes bajo los pies durante días, debido a la gruesa capa de agujas de pino y turba», dijo, y luego se puso serio al hablar del «pobre Ogilvy».

Después del desayuno, en vez de trabajar, decidí caminar hacia el prado comunal. Bajo el puente del ferrocarril encontré a un grupo de soldados —zapadores, creo, hombres con gorras pequeñas y redondas, casacas rojas y sucias desabrochadas que dejaban ver sus camisas azules, pantalones oscuros y botas hasta media pantorrilla—. Me dijeron que a nadie se le permitía cruzar el canal y, mirando a lo largo del camino hacia el puente, vi a uno de los hombres de Cardigan haciendo de centinela allí. Estuve hablando con estos soldados un rato; les hablé de haber visto a los marcianos la tarde anterior. Ninguno de ellos había visto a los marcianos y apenas tenían la más vaga idea de ellos, por lo que me acribillaron a preguntas. Dijeron que no sabían quién había autorizado los movimientos de las tropas; su idea era que había surgido una disputa en el ministerio de la Guerra. El zapador corriente está mucho mejor educado que el soldado raso, y discutieron las condiciones peculiares de un posible combate con cierta agudeza. Les describí el Rayo Calorífico y empezaron a discutir entre ellos.

“Métanse debajo de la cobija y éntrenles a la carrera, digo yo”, dijo uno.

—¡Fuera de aquí! —dijo otro—. ¿Qué protección ofrece este mierdero de calor? ¡Palo sobre palo para asarte! Lo que tenemos que hacer es

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