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nydus/The War of the WorldsPublic
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VII. El hombre de Putney Hill

Al principio contemplé sin comprender el valle de Londres. Las colinas del norte estaban envueltas en la oscuridad; los incendios cerca de Kensington brillaban con un rojo encendido, y de vez en cuando una lengua de llama rojo anaranjada destellaba y desaparecía en la noche azul profunda. Todo lo demás en Londres era negro.

Luego, más cerca, percibí una luz extraña, un pálido resplandor fluorescente violeta purpúreo, que temblaba bajo la brisa nocturna. Durante un momento no pude comprenderlo, y entonces supe que debía de ser la hierba roja de la que procedía esta débil irradiación.

Con esa constatación, mi sentido latente del asombro, mi sentido de la proporción de las cosas, despertó de nuevo. Miré de aquello a Marte, rojo y nítido, brillando alto en el oeste, y luego contemplé larga y fervientemente la oscuridad de Hampstead y Highgate.

Permanecí muchísimo tiempo sobre el tejado, maravillándome ante los grotescos cambios del día.

Recordé mis estados de ánimo desde la plegaria de medianoche hasta el tonto juego de cartas. Sentí una violenta repulsión de sentimientos. Recuerdo que arrojé el cigarro con un cierto simbolismo despilfarrador. Mi insensatez se me apareció con una descarada exageración.

Me sentía un traidor hacia mi esposa y hacia mi especie; estaba lleno de remordimientos. Decidí dejar a este extraño soñador indisciplinado de grandes cosas entregado a su bebida y su glotonería, y marcharme hacia Londres. Allí, me parecía, tenía la mejor oportunidad de enterarme de lo que hacían los marcianos y mis semejantes.

Aún seguía sobre el tejado cuando salió la luna tardía.

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