Me sobresalté. ¿Había pronunciado mi pensamiento en voz alta? Me giré, y el balcón francés estaba abierto a mis espaldas. Di un paso hacia él y me quedé mirando hacia fuera.
Y allí, atónitos y temerosos, tal como yo estaba atónito y temeroso, se encontraban mi prima y mi esposa; mi esposa, pálida y sin lágrimas. Lanzó un leve grito.
—Vine —dijo ella—. Lo sabía... lo sabía...
Se llevó la mano a la garganta; vaciló. Di un paso al frente y la sostuve en mis brazos.