El aullido ocasional de los marcianos había cesado; tomaron posiciones en el enorme creciente en torno a sus cilindros en absoluto silencio. Era un creciente con doce millas de distancia entre sus extremos. Nunca desde la invención de la pólvora el comienzo de una batalla había sido tan silencioso. Para nosotros y para un observador cerca de Ripley habría tenido exactamente el mismo efecto: los marcianos parecían dueños absolutos de la noche oscurecida, iluminada únicamente como estaba por la delgada luna, las estrellas, el celaje del día y el fulgor rojizo de St. George’s Hill y los bosques de Painshill.
Pero frente a aquella media luna en todas partes—en Staines, Hounslow, Ditton, Esher, Ockham, tras las colinas y los bosques al sur del río, y a través de los llanos prados herbosos al norte de este, dondequiera que un grupo de árboles o las casas de un pueblo ofrecieran suficiente cobertura—, los cañones estaban esperando. Los cohetes de señales estallaron y dejaron caer una lluvia de chispas en la noche para luego desvanecerse, y el ánimo de todas aquellas baterías en vigilancia se elevó a una tensa expectación. A los marcianos les bastaba con avanzar hacia la línea de fuego para que al instante aquellas inmóviles formas negras de hombres, aquellos cañones que brillaban con tanta oscuridad en la primera hora de la noche, estallaran en una furiosa y atronadora batalla.
Sin duda, el pensamiento que predominaba en mil de aquellas mentes vigilantes, del mismo modo que predominaba en la mía, era el enigma: cuánto comprendían de nosotros. ¿Comprendían que nosotros, por millones, estábamos organizados, disciplinados y trabajando en conjunto? ¿O interpretaban nuestros brotes de fuego, el aguijoneo repentino de nuestros proyectiles, nuestro asedio constante a su campamento, tal como nosotros veríamos la furiosa unanimidad del ataque en un panal de abejas alterado? ¿Soñaban con poder exterminarnos? (Por entonces nadie sabía qué alimento necesitaban). Un centenar de preguntas semejantes luchaban en mi mente mientras observaba aquella vasta forma centinela. Y en el fondo de mi mente latía