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nydus/The War of the WorldsPublic
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XVI. El éxodo de Londres

—¡Toma esto! —dijo la esbelta dama, y le dio su revólver a mi hermano.

—Vuelve a la calesa —dijo mi hermano, limpiándose la sangre del labio partido.

Se volvió sin decir una palabra —ambos jadeaban— y regresaron a donde la dama de blanco se esforzaba por contener al asustado poni.

Los ladrones evidentemente ya habían tenido suficiente. Cuando mi hermano volvió a mirar, se estaban retirando.

—Me sentaré aquí —dijo mi hermano—, si puedo; y se subió al asiento delantero vacío.

La dama miró por encima del hombro.

«Dame las riendas», dijo, y cruzó el lomo del poni con el látigo. Al poco rato, una curva del camino ocultó a los tres hombres de los ojos de mi hermano.

De modo que, bastante inesperadamente, mi hermano se encontró, jadeando, con la boca cortada, la mandíbula magullada y los nudillos manchados de sangre, conduciendo por un camino desconocido con estas dos mujeres.

Se enteró de que eran la esposa y la hermana menor de un cirujano que vivía en Stanmore, el cual había acudido de madrugada a un caso peligroso en Pinner, y se había enterado en alguna estación de tren, de camino, del avance de los marcianos. Se habíaprisipitado a casa, había despertado a las mujeres —su criada los había abandonado dos días antes—, empaquetado algunas provisiones, metido su revólver bajo el asiento —por suerte para mi hermano— y les había dicho que condujeran hasta Edgware, con la idea de tomar un tren allí.

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