—Hay una cosa —dije, para disipar los temores que había despertado—; son las criaturas más perezosas que he visto arrastrarse jamás. Podrán conservar el foso y matar a los que se acerquen, pero no pueden salir de él. … ¡Pero qué horror provocan!
—¡No lo hagas, querido! —dijo mi mujer, frunciendo el ceño y poniendo su mano sobre la mía.
—¡Pobre Ogilvy! —dijé—. ¡Pensar que puede estar yaciendo muerto ahí!
Mi mujer al menos no encontró increíble mi experiencia. Cuando vi cuán mortalmente blanco era su rostro, me detuve abruptamente.
“Pueden venir aquí”, decía una y otra vez.
Insistí en que tomara vino y traté de tranquilizarla.
—Apenas pueden moverse —dije.
Comencé a consolarla y a consolarme a mí mismo repitiendo todo lo que Ogilvy me había dicho sobre la imposibilidad de que los marcianos se establecieran en la Tierra. En particular, insistí en la dificultad gravitatoria. En la superficie de la Tierra, la fuerza de la gravedad es tres veces mayor que en la superficie de Marte. Un marciano, por lo tanto, pesaría tres veces más que en Marte, si bien su fuerza muscular sería la misma. Su propio cuerpo le resultaría una carga de plomo. Esa era, en efecto, la opinión general. Tanto el Times como el Daily Telegraph, por ejemplo, insistieron en ello a la mañana siguiente, y ambos pasaron por alto, tal como hice yo, dos obvios factores modificantes.
La atmósfera de la Tierra, según sabemos ahora, contiene mucho más oxígeno o mucho menos argón (según se prefiera expresar) que la de Marte. Las influencias vigorizantes de este exceso de oxígeno sobre los marcianos contribuyeron indiscutiblemente a contrarrestar el mayor peso de sus